UNIVERSAL ILÓGICO

Subí en el autogiro para hachar por encima.
Corta la leche, la miel.
Ahora gotea más despacio.
Las balizas parpadean enfrente del hotel,
un modelo de situación.
Ellos quedan separados uno del otro.
No se ve más que una sombra.
Entra al portezuelo un auto con escape libre.
A través del culo miraba para arriba,
un festón sobre la capa de tormenta
que me priva,
un dique ardiendo
lejos de solidificarse, un embudo,
el pescuezo de un dragón
quema la memoria, sacude
la contigüidad, aquí y allá se rompe.
Este bebé no reconoce lazos
pero el circuito continúa,
una gé en vórtice,
el plasma de una pobladura glandular.
Pisa el acelerador cuando lo aprietan de atrás.
Un poco tarde para atender el teléfono,
enjabelgado, enflaquecido por los desvaríos
de un interior jabonoso. Un chalet,
Le Tourbillon, cae hoy incompleto,
socavado tamiz y borboteo, hervor olla consagrado
en el oscuro del jergón.
La tunda pareja del amanecer vacío,
el músculo, un tic de la cara
contra el hueso, un huso,
unas cuerdas del Paraguay,
un poncho, hexágonos de verde
cuyo giro lo ingurgitó
lucen mejor que este tul raspado
iridiscente, negro sobre blanco sobre negro.
Un zumbido. Levanta la aguja
que va a coser ese vestido
que viste para su demo.
La ronda compensa los chuchos. Fue el bien plisar
no la casa-cajón. Era una misión-cama,
los ocelos, el rimel, el sobado
leopardo reversible en cualquier momento.
Abrí las hojas mojadas del banano,
universal ilógico para cualquiera, para nadie,
con una trompa que acometía.
El rasguño trazó en los ojos una lluvia diagonal,
Esa banda labrada desafectó cualquier punto.
Giraba firme. “Están aquí.” decía después de
remover
el ápice del exvoto enfrente de la estación
meteorológica.
Entraba al comedor para pasar a la cripta.
Bochornoso chasqueaba los dedos
sobre el zafiro sin fondo.