Pesar

La luz entre nosotras,
cables crispados como serpias
que seguían la planicie de las cosas,
se dirigían
siempre hacia delante,
impulsados por los ojos que miraban
sin atención sus cuerpos finos. Portando,
en silencio y en reposo,
la energía necesaria
para borrar de un plumazo nuestras vidas,
descansaban al costado de una mancha
que ha dejado quizás
un vaso caído sobre el piso.
Podríamos haber muerto o salido disparadas,
el golpe seco
por la materia incandescente de los rayos,
el esqueleto descubriéndose
involuntario y real una vez más. Vivo
oscilante sobre el miedo
como lo único auténtico en el mundo,
la escena del final repetida
hasta diluirse lo ultimado, el amor
asido por las astas del toro que es, un animal
que sale al ruedo para ser apuñalado. O nada,
simplemente nada
sino quedarse aquí mirando el cielo
con los ojos extrañados
por las mismas maravillas que observé
antes, en momentos
de un olvido imprescindible.
Mirando el cielo o incluso una tormenta comprendía
la descarga natural, éramos uno
su adiós y yo, el dolor de la hoja caída
y yo,
desprendimiento. Pero la muerte
también sucede bruscamente o por azar, sucede
entre materiales concretos,
pesadez de las tragedias evitables o no,
puro desequilibrio, complicidad que en el desorden
nos trasciende. Cables sueltos en un cuarto,
negligencia capaz de derribar
el techo que protege
de un cielo agreste, mundano y sin color.