La edad de mi motocicleta

Es una suerte que a las motocicletas
nadie pretenda calcularles la edad
como a los perros
multiplicándoles por siete
los años que hace que dan vueltas.

A los treinta compré mi primera moto.
Ella tenía la edad en que a las mujeres
nos conviene más –suelen decir–
buscar asilo en la elegancia. Entera, fuerte,
vi una moto preciosa. ¿Será que es para mí, Berti?
¡La quiero! ¿Podré yo manejar a los cincuenta?
¿Cuánto tiempo tenemos? No anda el reloj.
No marca los kilómetros…
¿Y qué te importa, para qué
necesitás saber?
No necesito, es cierto.
Solo un zopenco vendería esta moto

preciosa esos reflejos en el falso tanque
se ven si estás al sol y no pensás:
¿cómo se llama ese color?
Me gustó igual escucharte decir
borravino y saber después
el nombre que figura en el catálogo
de la pintura original: candy
y otra palabra que también suena
a brillantina roja en sobrecitos.

Tenía ese lomo inmenso
que te pedía una palmada
para quedarse en paz toda la noche.
En el costado del asiento un tajo
como una herida que no se arregla con costura.
Lomoescritorio, lomomesa.
Tu espalda torpe de tan fiel,
tus cables despeinados.

Un día empezó el ruido.
Estuve como madre primeriza
escuchando la panza de su cría.
El ruido adentro del motor.
No fueron las palabras de los tontos
que si te anda en un cilindro en tres o en cuatro.
Fue no poder pensarla despanzurrada.
La tuve que soltar.

Un poco parecido a la primera caída.
Cuando se va de eje, apoyala en el piso.
Acompañala. Apenas se lastima.